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martes, 24 de noviembre de 2015

Historias y secretos de Olivos, el futuro hogar de Macri, Juliana y Antonia.

En los últimos 150 años, una sola familia presidencial vivió en la Casa Rosada.

Desde Bernardino Rivadavia aCristina Fernández de Kirchner, la República Argentina tuvo presidentes constitucionales, provisionales, fraudulentos y de facto. Todos ellos dejaron, en mayor o menor medida, su marca personal en la historia del país y su paso, haya sido largo o corto, está relacionado íntimamente conla Quinta de Olivos, al norte de la Ciudad de Buenos Aires, donde vivieron y tomaron decisiones, gestaron los pactos y tramaron las traiciones más trascendentales de nuestra historia.

Desde el próximo 10 de diciembre, Mauricio Macri se sumará a una ya larga lista de mandatarios que vivieron en la Quinta desde que lo hiciera por primera vez el general Pedro Eugenio Aramburu hace 60 años.

​​Los orígenes de la actual residencia presidencial se remontan al siglo XVIII, cuando la finca fue comprada por Domingo de Basabilvaso (1709-1775), el artífice del sistema postal en la gobernación de Buenos Aires. Poco después se instalaron en la finca don Miguel de Azcuénaga, defensor de Buenos Aires durante las invasiones inglesas y vocal de la Primera Junta en 1810, y su esposa, Justa Rufina de Basabilvaso. Un hijo de ese matrimonio, Miguel José de Azcuénaga, se dedicó a la administración de la chacra y la destinó a la cría de caballos, por lo que comenzó a conocerse a la finca como la “Cabaña de los Azcuénaga”.

En 1856, Prilidiano Pueyrredón, el notable arquitecto que dio forma a la Casa Rosada, recibió el encargo de reedificar la residencia, a la que dio estilo neoclásico. Miguel José de Azcuénaga apodó a la casa “la pajarera” porque se parecía a un palomar. En tanto, el gran paisajista Carlos Thays embelleció el parque con plantas y árboles que aún se conservan. Cincuenta años más tarde, un descendiente de la familia Azcuénaga heredó la propiedad, cuya principal actividad económica era, en ese entonces, la ganadería y en 1918 legó la “Casa Azcuénaga” al Gobierno Nacional. Gobernaba entonces el radical Hipólito Yrigoyen, quien nunca vivió en Olivos y prefirió quedarse en su modesta casa de Brasil al 1000, desde donde caminaba diariamente a la Casa Rosada.

Aunque Marcelo T. de Alvear hizo amueblar la residencia, no vivió en ella y tampoco lo hizo Yrigoyen en su segunda presidencia. Solamente cuando el general José Félix Uriburu llegó a la Rosada mediante un golpe, en 1930, la Quinta de Olivos fue ocupada por primera vez por un presidente y su familia. Agustín P. Justo ocupó mucho tiempo en restaurar, modernizar y cuidar la Quinta, reformando el parque, ordenando plantaciones, sustituyendo el alambrado y los arbustos por un fino alambrado artístico, plantó los jacarandáes y reemplazó las tranqueras por portones de madera techados. Pero no vivió allí, y durante un tiempo la quinta presidencial sirvió como hogar para más de 1.500 niños “débiles” (enfermos, huérfanos, pobres).

Los sucesivos presidentes usaron la quinta muy de vez en cuando hasta que Juan Domingo Perón comenzó a pasar los veranos allí. En su primera presidencia hizo instalar un cine, un teatro griego, un enorme garage, un taller mecánico para motos y un túnel para acceder directamente al Centro Naval y entregó la propiedad a la Unión de estudiantes Secundarios. Tras la denominada Revolución Libertadora, que envió a Perón al exilio, el general Pedro Eugenio Aramburu se instaló en Olivos. Tres años después, Frondizi fue el primer presidente constitucional en vivir con su familia en la quinta presidencial, que estuvo a punto de desaparecer tras un incendio durante la presidencia de Onganía.

Desde entonces, la Quinta pasó a ser, tal vez, la casa más remodelada de la historia argentina, porque cada presidente que llegó quiso adaptarla a sus antojos y necesidades. Se construyeron habitaciones y áreas de recepción, se modificaron los parques, se modernizaron los sistemas de seguridad de acuerdo a los avances de cada época. Unas quince familias presidenciales vivieron en Olivos durante los últimos 60 años y Perón fue el único presidente que murió allí el 1 de julio de 1974. Para entonces, el siniestro López Rega, que hizo y deshizo a su antojo, había levantado una pared de 5 metros de alto, que tapó definitivamente el paisaje verde de los parques por “seguridad”.

Tras el golpe de Estado de 1976, la esposa de Jorge Videla se negó a instalarse en Olivos porque en sus sótanos había una capilla ardiente que velaba permanentemente el cadáver Evita, instalado allí por decisión de Perón e Isabel: “De ninguna manera me pienso mudar hasta que no saquen el cadáver de ésa", dijo Alicia Raquel Hartridge de Videla. Al dictador no le quedó otro remedio que enviar el féretro de la ex primera dama al panteón de la familia Duarte en​ el Cementerio de Recoleta.

Desde 1983 hasta hoy, en la Quinta de Olivos vivieron cinco familias. Lorenza Barrenechea de Alfonsín se sintió incómoda de vivir allí: “Se sentía inútil; en la quinta presidencial de Olivos no podía hacer nada: cocinaban por ella, lavaban por ella, planchaban por ella”, cuenta Cynthia Ottaviano en su libro “Secretos de alcobas presidenciales”.

El paso por Olivos de la siguiente primera dama, Zulema Yoma de Menem, fue más accidentado: la crisis matrimonial terminó con la expulsión de Zulema de la quinta por un decreto presidencial menos de un año después de que Menem asumiera el poder. Fue un escándalo.

¿Qué presidente vivió en la Casa Rosada? Durante los últimos 150 años, solamente un presidente vivió en La Rosada. Enamorado de la pompa europea, Roque Sáenz Peña hizo limpiar a fondo la vieja sede presidencial, reformarla y decorarla para después, dejando su palacete de avenida Santa Fe, instalarse allí con la primera dama. La llamaba “La Mansión”. Construyó los salones más lujosos, la impresionante escalera en la que se formaba una guardia de honor de granaderos cuando pasaba el presidente, los jardines de invierno que daban a la Plaza Colón y un comedor de estilo francés. Como dos reyes, el presidente y la primera dama, Rosa González, durmieron en cuartos separados. Los empleados y funcionarios lo llamaba, en voz baja, “Su Majestad don Roque”.





Fuente: Perfil.com

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